Cuando un acuífero entra en estrés o un embalse cae por debajo de umbrales críticos, se habla de emergencia como si la escasez apareciera de forma neutral. Pero el agua siempre está atravesada por relaciones de poder, prioridades económicas e historias de apropiación.
La pregunta relevante no es solo cómo obtener más recurso, sino quién consume, quién contamina y quién asume los costes de la sobreexplotación. Sin esa discusión, la innovación hídrica puede convertirse en un modo de aplazar conflictos incómodos.
La justicia del agua exige transparencia, límites a los usos más intensivos y participación real de las comunidades afectadas. Lo demás son parches sobre una crisis que ya es social y ecológica a la vez.
