Contratada por la National Audubon Society, ONG estadounidense dedicada desde 1905 a la conservación de la naturaleza, Rachel Carson (1907-1964) fue la primera en asestar un buen susto a las multinacionales químicas. Esta bióloga marina, conservacionista y escritora de prestigio internacional por su trilogía sobre los océanos, dedicó los últimos años de su vida al estudio de las nocivas consecuencias que conlleva el empleo masivo del DDT y otros pesticidas sobre la biodiversidad, y se hizo también famosa por ello. El resultado fue Silent Spring (1962), el libro -traducido a más de treinta idiomas- que dio a conocer, a todo aquel que quiso escuchar, el problema de la galopante contaminación química agrícola. Para muchos, el primer libro divulgativo sobre este impacto ambiental de trascendencia planetaria. Un clásico que conciencia sobre los devastadores efectos que la agricultura intensiva inflige día tras día a los insectos y sus predadores, ya sean vertebrados como las aves o invertebrados como las mantis religiosa.
El contundente mensaje enviado por la Dra. Carson fue secundado también por el mundialmente reconocido biólogo estadunidense Edward O. Wilson (1929-2021), que elevó el tradicional y denostado rango de los insectos hasta el nivel de “verdadero núcleo” de la biodiversidad que debemos proteger, y reveló el decisivo papel ecológico de todos los insectos que hay en el escenario global: no en vano suponen alrededor del 90 % de las especies animales conocidas. Igualmente, llevado por su activismo conservacionista, transmitió con todo el rigor científico necesario la importancia de estos artrópodos, motivando a nuevas generaciones de científicos y conservacionistas a través de sus numerosas conferencias, artículos y libros.
En The Diversity of Life (1992), Wilson nos explicó, en más de 25 lenguas diferentes, que los insectos constituyen el “grueso de la biodiversidad terrestre” y el “cimiento invisible” de los ecosistemas. Su crucial papel es indispensable en la polinización, la descomposición de la materia orgánica, el reciclaje de nutrientes, la aireación del suelo, la diseminación de semillas, las cadenas tróficas, la creación de los paisajes sonoros naturales o el control de plagas (aunque en ocasiones ellos también sean plaga). Por ello, nos advirtió que es muy malo que los insectos estén gravemente amenazados por la actividad humana reciente, e identificó con claridad las principales causas de desaparición. La agricultura intensiva y la urbanización producen destrucción, fragmentación y simplificación de los hábitats; el uso abusivo de pesticidas y la producción de todo tipo de contaminantes del suelo, aguas dulces y atmósfera provocan desapariciones en cascada que afectan también a plantas, otros animales y, finalmente, a nosotros los seres humanos.
La preocupación se multiplica
Anne Sverdrup-Thygeson, entomóloga de la Universidad de Oslo y divulgadora científica leída en más de 25 idiomas, publicó en 2018 Insektenes Planet: un libro, de lenguaje claro y accesible, que nos guía por el extenso mundo de los insectos y muestra lo imposible que serían nuestras vidas sin sus servicios ecosistémicos. Servicios – ¡a coste cero! – que el IPBES o Plataforma Intergubernamental de expertos sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas (equivalente al más conocido IPCC sobre el cambio climático) ha valorado -sólo para las aportaciones que hacen los insectos a la polinización agrícola mundial- en casi 600.000 millones de dólares americanos al año. Ello, sin cuantificar otros muchos y callados servicios que también llevan a cabo, como por ejemplo, el de reciclaje de nutrientes o su importantísima tarea en las cadenas de alimentación.
La autora explica que, aunque hay billones de insectos, sus números están decreciendo: “mientras que en los últimos 40 años hemos duplicado la población mundial humana, el número total de insectos se ha reducido a la mitad”, entre otras causas por el cambio climático. Causa que ha venido a ser principal, como así remarca, en el artículo de referencia Insect Declines in the Anthropocene (2020), David L. Wagner, profesor de la Universidad de Connecticut. Por ello este experimentado y destacado entomólogo afirma que, aunque la mayor parte de los datos científicos del desplome insecticida proceden de Europa, “se han observado casos adicionales de pérdidas de fauna en Asia, América del Norte, el Ártico, los Neotrópicos y otros lugares”. Y, a los factores del colapso ya apuntados, añade “la nitrificación atmosférica debida a la quema de combustibles fósiles y los efectos de las sequías y los cambios en los patrones de precipitación”.
La labor científica y divulgativa de Dave Goulson es portentosa y está a la altura de su ejemplar pasión por los abejorros y su “supermisión polinizadora”. Este británico, profesor de biología de la Universidad de Sussex, ha publicado centenares de artículos sobre ecología y conservación de insectos. Es autor de varios best sellers sobre el tema, publicados en más de 15 idiomas. Y en su último libro Silent Earth (2021) sigue muy asustado por el declive mundial de los insectos y da cifras escalofriantes. Basándose en sus percepciones y los estudios de otros colegas europeos y estadunidenses (como los de la alemana Sociedad Krefeld, Sebastian Seibold, o Ernie Pollard) es capaz de afirmar que, aunque “los cálculos realizados varían mucho y son muy inexactos, es muy posible que la población general de insectos haya disminuido un 75 % desde que yo tenía cinco años”. Dato que -si mis cálculos no están mal- apunta a una pérdida media del 12,5 % por década.
Goulson nació en 1965 y en Silent Earth también alude al estudio realizado en 2019 por el ecólogo y entomólogo de origen español Francisco Sánchez-Bayo, que trabaja en la Universidad de Sídney. En compañía de Kris A. G. Wyckhuys, de la Universidad de Queensland, revisó 73 estudios sobre las poblaciones de insectos silvestres de los países más monitoreados, revelando “tasas dramáticas de declive que pueden llevar a la extinción del 40 % de las especies de insectos del mundo en las próximas décadas”. Asimismo, aseguran que los “grupos de insectos afectados no sólo son especialistas que ocupan nichos ecológicos particulares, sino también muchas especies comunes y generalistas”, estando entre los insectos más perjudicados las abejas silvestres, las mariposas y polillas, los escarabajos, las efímeras, las moscas de las piedras, los canutillos y los odonatos. Además, amplían las causas de la hecatombe incluyendo factores biológicos como el trasvase de patógenos y de especies introducidas.
Por su parte, el Dr. Roel van Klink y colaboradores del German Institute for Integrative Biodiversity Research, publicaron en 2020 otro metaanálisis planetario – esta vez con 166 conjuntos de datos- y llegaron a la conclusión de que los “insectos terrestres están sufriendo un declive a un ritmo de un 9 % por década”. Una pérdida más lenta que la de Sánchez-Bayo, pero igualmente significativa. Las conclusiones de ambos han sido tachadas de alarmantes por un sector de los entomólogos pero, aunque falten datos de muchos países de África, Sudamérica, Oceanía o Asia, todos los estudios indican que la hecatombe de los insectos es evidente, aunque no sepamos por el momento su exacta magnitud total.
Más comunicadores
Y así lo han denunciado, con títulos sumamente expresivos y de repercusión mundial para quien quiera enterarse, personajes como Elizabeth Kolbert, periodista ambiental del The New Yorker y ganadora del Pulitzer con su libro The Sixth Extincion (2014); Brooke Jarvis, periodista de The New York Times, autora del influyente artículo The Insect Apocalypse Is Here (2018); Oliver Milman, corresponsal de asuntos medioambientales de The Guardian, con la publicación de The Insect Crisis (2022) o, en habla hispana, Andrés Cota Hiriart, zoólogo, escritor y divulgador, que ha elaborado artículos como el titulado “Insecticidio, el Apocalipsis Invertebrado”. Pero, sin duda, el más admirado sigue siendo David Attenborough que -no sin alguna polémica posterior- en una de sus series televisivas para la BBC afirmó con rotundidad: “En solo los últimos 20 años, nuestros insectos voladores han disminuido un 60 %”. Después de haber observado la naturaleza planetaria y habérnosla mostrado urbi et orbi durante décadas con tanta espectacularidad como rigor científico ¿puede Attenborough estar equivocado? No lo creo.
Menos conocidos, pero también destacados zoólogos y divulgadores científicos alarmados por el masivo declive de los insectos son, por ejemplo: Michael J. Samways, distinguido entomólogo sudafricano profesor de la Universidad de Stellenbosch, con su libro clave Insect Conervation: A Global Synthesis (2019); o, George Mcgavin (reconocido entomólogo y presentador en medios de comunicación británicos) y su libro The Good Bug: A Celebration of Insects (and What We Can Do to Protect Them) (2024). Alta repercusión en los medios internacionales tuvo igualmente el artículo, publicado en Nature: Agriculture and climate change are reshaping insect biodiversity worldwide (2022). Estudio en el que Charlotte L. Outhwaite y colaboradores de la University College London, analizando miles de muestras y taxones de insectos, desvelaron “reducciones de casi un 50 % en la abundancia y un 27 % en el número de especies dentro de los hábitats perturbados” por la agricultura de alta intensidad y el cambio climático, mientras que en los sistemas agrícolas de baja intensidad la abundancia y diversidad de estos artrópodos se redujeron alrededor del 6 %.
Spain is no different
En España, la intranquilidad por la falta de conservación de los insectos la encabezan biólogos, profesores, catedráticos y comunicadores del nivel de Mª Ángeles Marcos, Eduardo Galante, José Luis Viejo, Agustín Castro, Anna Traveset o Fernando Valladares… Preocupación que puede extenderse a los 165 firmantes del Manifiesto de los Entomólogos Ibéricos sobre la Urgente Necesidad de Detener el Declive de las Poblaciones de Insectos, principal resultado del XX Congreso Ibérico de Entomología celebrado en 2023. En él, no muestran reservas al titular este declive mundial de “Apocalipsis de los insectos”, pues – consideran – “Los datos indican que la desaparición local y la extinción de especies en este grupo de animales es un 8 % mayor que las de aves, anfibios o reptiles», y – siguen afirmando – que el problema es cada vez mayor y “afecta a aproximadamente un tercio de las especies de insectos a nivel mundial”. Joaquín Araujo, en su libro *La Muerte Silenciosa. España hacia el Desastre Ecológico *(1990), ya nos previno de esta catástrofe en sus páginas dedicadas a los “Biocidas” y, más recientemente, Miguel Delibes de Castro, en Gracias a la Vida (2024), analiza esta hecatombe en su apartado “Gracias a los escarabajos”, con referencias y datos que ya he dado aquí.
¿Qué dicen las entidades internacionales?
La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), esa autoridad científica y red global que reúne a miles de científicos y expertos (entomólogos y de otras disciplinas), ha puesto sobre la mesa la conveniencia conseguir más información pero, aún así, han sido capaces de evaluar 12.100 especies de insectos para alcanzar conclusiones como estas: que alrededor del 20 % están amenazadas, que el número de mariposas europeas en riesgo ha aumentado en un 76 % en la última década y que más del 20 % de las abejas silvestres y abejorros se enfrentan al riesgo de extinción. Todo ello dentro un amplio panorama en el que considera que, de todos los insectos documentados, alrededor del 33 % muestran tendencias decrecientes en abundancia, biomasa y diversidad.
En los informes del IPBES participan más de mil científicos y expertos de todo el mundo y de varias disciplinas medioambientales. En 2019 se publicó su principal evaluación global sobre biodiversidad que alertaba de la extinción masiva de especies. En particular, de los insectos polinizadores en Europa y Estados Unidos, que “han disminuido drásticamente tanto en abundancia como en riqueza de especies”.
El Convenio sobre la Diversidad Biológica (CBD), tratado marco para conservar la biodiversidad ratificado por 196 países en 1992 (excepto EEUU), también reconoce la preocupante situación de los insectos como parte del colapso global de biodiversidad. Es un instrumento legalmente vinculante y ha establecido acciones coordinadas para monitorear, conservar y promover prácticas que reduzcan el declive, pero la respuesta de los países está siendo lenta, desigual y poco o nada eficaz, como veremos a continuación.
Mal vamos
Tras este incompleto -pero suficiente- repaso, aunque han quedado claras las causas de semejante cataclismo insecticida y las razones para cambiar de rumbo, seguimos sin dar los pasos apropiados en la buena dirección. Según las siguientes estimaciones de la FAO, todo lo que podía ir mal, va mal. Desde hace 40 años, la superficie urbana mundial ha crecido un 214 %, la agrícola intensiva un 7,5 %, la forestal ha menguado en un 10% y se ha incrementado en un 90 % el uso de biocidas, a pesar de ser hoy mucho más letales que el DDT y, en Estado Unidos, el gasto en polinizadores domésticos se ha elevado en torno al 40 %. Por si fuera poco, aunque cada vez es mayor la participación de las energías renovables en el mix energético mundial, en las últimas cuatro décadas, el consumo total de combustibles fósiles casi se ha duplicado y el CO2 ha aumentado un 26 %. Están en máximos absolutos históricos, lo mismo que la población mundial.
Mientras tanto, en el tablero internacional seguimos batiendo récords de temperatura media y pérdida de biodiversidad. Es evidente que así no vamos bien. Y no sólo los insectos. Da mucha tristeza pensar que, a pesar del esfuerzo de tantos científicos y divulgadores, para la inmensísima mayoría de la humanidad salvar a los pequeños y “fastidiosos insectos” (sólo en ocasiones lo son y es lógico combatirlos adecuadamente en tales circunstancias) sigue siendo tarea mucho menos importante para la conservación de los ecosistemas que hacerlo en favor de los grandes y atractivos gorilas de montaña o los elefantes asiáticos, por poner un par de ejemplos de vertebrados en peligro crítico de desaparecer que, por supuesto, también hay que conservar y proteger. Como deberíamos estar haciendo desde hace décadas con los insectos.
