Este es el primer texto que se publica en la sección de debate de la revista Ecologista. Esta sección nace con el objetivo de abrir un espacio de encuentro para deliberar colectivamente sobre un tema específico.
Frente a las dinámicas de división que impiden abordar los debates con el tiempo y el cuidado que merecen, debemos promover todo lo que hace posible la diversidad de perspectivas en el movimiento ecologista y en Ecologistas en Acción. No para evitar el conflicto, ni ocultar los desacuerdos, sino para reconocerlos y construir posiciones colectivas desde la pluralidad.
Lejos de resolver los debates en falso, de manera superficial y provisional, debemos seguir construyendo mecanismos para avanzar y tomar decisiones estratégicas, sin que gane ni pierda nadie, haciendo que se ensanche y perdure la colaboración entre organizaciones, áreas y grupos que ya existe.
La complejidad y la urgencia de la crisis ecológica y social en la que vivimos ponen de manifiesto la necesidad de alianzas amplias y heterogéneas que sean capaces de asumir sus contradicciones como una fortaleza política y no como una debilidad. Necesitamos seguir encontrando discursos, objetivos y prácticas comunes que nos ayuden a confiar en que la fricción entre posiciones diferentes, aunque pueda incomodar, nos fortalece.
En este sentido, queremos poner en valor el esfuerzo de Ecologistas en Acción a todos los niveles y, en particular, la labor realizada por el grupo creado entre las áreas de Conservación de la Naturaleza y de Agroecología para llegar a un posicionamiento común. En los últimos meses, las dos áreas vienen trabajando conjuntamente desde enfoques distintos en relación a cómo gestionar los montes y reducir la devastación que en muchos casos generan los incendios forestales.
Por un lado, hay quienes sostienen la necesidad de intervenir activamente en el territorio de forma ordenada para recuperar paisajes más heterogéneos y regular la acumulación de biomasa. Por otro lado, hay quienes defienden que reducir las igniciones de origen antrópico debe ser una prioridad que guíe la prevención de los incendios forestales, promoviendo en la gestión de los montes un enfoque diferenciado entre masas forestales artificializadas y naturales. Ofrecer argumentos en defensa de ambas posturas es lo que se introduce en esta sección, para informar e intentar alcanzar puntos de encuentro.
La publicación de este texto pretende exponer lo que aporta cada visión, como un paso de un proceso mucho más largo que no cierra el debate, ni pretende hacerlo. Esperamos que sea el primer texto de muchos.
El comportamiento actual de los incendios forestales es una de las expresiones más evidentes de la crisis ecosocial en la que vivimos. Cada año, especialmente aquellos en los que los incendios provocan pérdidas catastróficas, se reaviva el debate público sobre las causas de estos siniestros y las medidas que se deberían llevar a cabo.
Habitualmente, el marco de este debate se centra en la inversión en prevención y extinción y en las medidas de gestión de la biomasa forestal. A menudo se simplifican de manera interesada los factores que influyen en los incendios y una parte de la opinión pública acusa al ecologismo de ser el responsable de los incendios forestales, debido a las supuestas políticas verdes que “impiden limpiar los montes”.
Ante esta situación, es fundamental reflexionar sobre cómo intervenir en la discusión pública. Necesitamos criterios para entender los incendios y herramientas para afrontarlos, reconociendo su complejidad en un contexto de crisis climática y de biodiversidad, caracterizado por la despoblación del medio rural, la pérdida del mosaico agrícola y el aumento de la superficie y densidad forestal de las últimas décadas.
Entre 2015 y 2024, se ha producido una media de 8.199 siniestros cada año, unos 6.110 conatos (incendios de menos de una hectárea) y 3.061 incendios (de más de una hectárea). La superficie forestal afectada anual es de 105.614 hectáreas de media, lo que supone un 0.38% de la superficie total forestal. En lo que respecta a los Grandes Incendios Forestales, aquellos que afectan a una superficie de más de 500 hectáreas, se han producido 24 al año en promedio. El año 2025 ardieron 354.746,67 ha. un 1,3 % de la superficie forestal y hubo 63 incendios de más de 500 hectáreas.
Aunque la distribución geográfica de los incendios varía cada año, existe una especial concentración en el noroeste de la península. En 2025 el 39,6 % de los siniestros y el 71 % de la superficie quemada estuvo concentrada en la zona comprendida por las comunidades autónomas de Galicia, Asturias, Cantabria y las provincias de León y Zamora. Esta divergencia entre el número de siniestros y superficie afectada fue debida a la ocurrencia de Grandes Incendios Forestales (GIF).
Las condiciones atmosféricas son un factor determinante en el riesgo de incendios. En este sentido, el cambio climático supone un aumento en el riesgo de incendios ya que conlleva mayores temperaturas medias, y un aumento de la duración, intensidad y frecuencia de las olas de calor. Las altas temperaturas favorecen el inicio y la propagación del fuego, ya que la vegetación está más seca, contiene menos humedad y se vuelve fácilmente inflamable.
Los incendios forestales y, en especial los que abarcan gran extensión, son en la actualidad un problema ambiental y social de primera magnitud que incide muy negativamente en el cambio climático, en la biodiversidad y en las comunidades locales12.
Son eventos catastróficos que generan un impacto directo e inmediato por emisiones contaminantes, daños en la flora y en la fauna, provocando un fuerte estrés en el medio natural y, cada vez con más frecuencia e intensidad, en el medio rural, urbano y en la salud3. A largo plazo los efectos se pueden agravar por la incidencia en la pérdida de suelos, la regulación del ciclo del agua o la contaminación atmosférica. Se manifiestan como un factor que retroalimenta la pérdida de biodiversidad y el cambio climático, las dos grandes crisis ambientales del momento45.
En un escenario en el que la frecuencia e intensidad de los incendios supera con mucho las dinámicas naturales y el papel que juega el fuego en ciertos ecosistemas resulta necesario plantearse cómo reducir su número y paliar sus consecuencias6.
Los incendios forestales, muy especialmente los de grandes dimensiones y los denominados de sexta generación, presentan unos patrones de causalidad y comportamiento que ayudan a explicar la problemática de fondo y, en consecuencia, a plantear las actuaciones para reducir los efectos ambientales y sociales.
En promedio, apenas el 5 % de los incendios tiene su origen en causas naturales por la caída de rayos. Sin embargo, este porcentaje se está incrementando por la mayor frecuencia de tormentas secas, fenómenos extremos más recurrentes debido al cambio climático78. En el resto de situaciones el origen no es natural. El 95 % de las igniciones con causa conocida o supuesta tienen un origen antrópico, bien con intencionalidad o bien por accidente o negligencia9. El porcentaje de incendios causado por personas pirómanas con problemas psiquiátricos es residual.
La mayor parte de los incendios de origen antrópico está asociada a prácticas tradicionales para la gestión de pastos o para cultivos10. La gestión ganadera o agrícola mediante el empleo del fuego no es conveniente ni necesaria11 y aunque sea controlada, es copartícipe de los impactos que generan los incendios, se aleja de los patrones naturales y ofrece una coartada a los incendiarios. Además, hay alternativas para gestionar los pastos sin fuego, como las técnicas regenerativas agroecológicas12.
Las estadísticas oficiales también ponen de manifiesto que la mayor parte de las superficies que se incendian, principalmente aquellas que dan lugar a grandes incendios forestales, son las que presentan un tipo de vegetación marcada por la intervención humana. Bien sea porque corresponden con plantaciones de pinos (Figura 1) o eucaliptos, o bien con superficies de monte bajo y pastizales fruto de la gestión y el uso ganadero y agrícola1314. Hay zonas donde de forma natural proliferan algunas de estas especies inflamables, como en los pinares de la vertiente mediterránea y los de las Islas Canarias, pero la recurrencia de grandes incendios en esas zonas no hace sino confirmar la especial vulnerabilidad de ciertas especies e intervenciones.
Por contra, aquellos incendios que afectan a formaciones de especies autóctonas de quercíneas y otras frondosas presentan una baja vulnerabilidad al fuego15 y una alta capacidad de regeneración natural. En los grandes incendios es frecuente observar cómo las llamas parecen esquivar estas formaciones por su resistencia natural, y cómo se recuperan con rapidez cuando las condiciones lo permiten (Figura 2).
Para enfocar bien las actuaciones en esta materia es necesario diferenciar entre espacios fuertemente intervenidos por la acción humana y otros con alto grado de naturalidad. Entre los primeros se encuentran las extensas repoblaciones, plantaciones o zonas con especies inflamables, así como los matorrales y pastos fruto de un régimen de ganadería semi-extensiva. Entre los segundos están los ocupados por bosques y montes de carácter primario y secundario1617, así como los matorrales y pastizales naturales.
Abordar la necesaria gestión de las formaciones forestales requiere por tanto un enfoque diferenciado. De un lado, en las zonas más artificializadas y vulnerables al fuego, la gestión ha de ser más intensa, guiada por una explotación coherente y posibilitando una mayor intervención para reducir los eventos más catastróficos, transitando a formaciones más resistentes al fuego cuando sea posible. Del otro lado, en zonas con valores naturales más relevantes o que ofrezcan servicios ambientales de calidad, la gestión debe estar orientada a la protección y restauración.
Otra cuestión a destacar es la escasa eficacia en la prevención del delito y las infracciones administrativas por incendios forestales. Muchos factores confluyen en ello, pero es llamativo que estas actuaciones no acompañen al aparente reproche social y ambiental que generan los incendios. Si solo se logra identificar a la persona causante en un 17 % de los casos y solamente el 2 % de los presuntos culpables son llevados a juicio, se genera un clima de impunidad en absoluto deseable18.
Desde el Área de Conservación de la Naturaleza de Ecologistas en Acción planteamos las siguientes propuestas, conscientes de que cada territorio requerirá adaptaciones específicas y con un enfoque pluridisciplinar coherente con el ecologismo social:
El cambio climático favorece incendios tan intensos que exceden la capacidad de extinción de cualquier equipo por muchos medios que tengan.
Los grandes incendios forestales (GIF) son la expresión de profundos desajustes, de origen reciente, en los ecosistemas. Para entender por qué ocurren los GIF y diseñar medidas efectivas es necesario recurrir a la ecología evolutiva.
La dinámica natural de los ecosistemas incluye perturbaciones, como la herbivoría y el fuego, de mayor o menor frecuencia e intensidad, que resultan fundamentales para reducir la competencia y mantener la biodiversidad1920. Fuera de los bosques húmedos, los herbívoros y el fuego a menudo son fundamentales para mantener la salud ecosistémica21. Esta observación se explica por el diferente papel que estas perturbaciones han tenido en la historia evolutiva de los paisajes: no se trata de adoptar una postura anti-bosque cerrado, sino de matizar dónde son naturales formaciones más en mosaico o abiertas (con estructura equivalente a una sabana o una dehesa), y dónde más cerradas (con estructura equivalente a una selva tropical).
En islas donde nunca hubo grandes herbívoros silvestres, como Canarias, las formaciones boscosas cerradas propias de zonas no muy lluviosas de laurisilva y bosque termófilo son muy sensibles a los herbívoros introducidos. No sorprende que tales bosques maduros creen microclimas donde el fuego se propaga peor que en zonas perturbadas, pues el dosel arbóreo se cierra y la humedad ambiental aumenta22.
Los ecosistemas continentales, sin embargo, sí han tenido presencia sostenida de megaherbívoros en los últimos 15 millones de años, lo cual ha forzado adaptaciones para protegerse, como hojas pequeñas y espinas, que provocan una peor retención de la humedad en el dosel y las hacen más inflamables, generalizándose el fuego en todo este periodo23. Tales adaptaciones desembocan en que la germinación y floración en estos ecosistemas dependan del fuego y de los animales. Sin embargo, aunque abiertos24, no son paisajes completamente dominados por herbáceas: mantienen muchos rodales de bosque en pendientes y también arbolado disperso en llanuras, como aún hoy podemos comprobar en la sabana africana que todavía alberga megafauna. Es un mosaico natural.
En términos geológicos la extinción de la megafauna es muy reciente, con elefantes, rinocerontes e hipopótamos desapareciendo de Eurasia hace 40.000 años, y équidos y grandes bóvidos extinguiéndose funcionalmente de nuestros paisajes hace pocos miles de años. Ha sido una extinción selectiva, principalmente de pastadores, que fisiológicamente funcionan como una aspiradora de hierba25, y también proboscídeos cuya función desbrozadora se conoce26. Pero tales extinciones no han provocado cambios drásticos en los ecosistemas.
Las quemas intencionales de indígenas cazadores-recolectores, registradas en tiempos históricos y contemporáneos para nativos americanos y aborígenes australianos (estos últimos sustituyendo a los gigantescos diprotodontes) han cumplido tradicionalmente la función de desbrozado, regenerando pasto27, que a su vez mantiene mayores poblaciones de herbívoros. Los indígenas manejaban así el paisaje para que produjera menos madera y más celulosa de la que se alimentaban sus presas28.
Los pastores, considerados también pueblos indígenas en gran parte del mundo, ecológicamente han sustituido a menudo a cazadores-recolectores. Con prácticas adecuadas, replican el mosaico natural del que hablábamos más arriba, pero mantenido por actividades humanas. Por esa intervención humana son paisajes “seminaturales”, pese a que las semejanzas estructurales y de biodiversidad con ecosistemas abiertos naturales son más que evidentes.
Pero históricamente no siempre se ha mantenido este equilibrio. A partir del proceso globalizador de la Edad Moderna, la construcción de navíos, las desamortizaciones, y el incremento demográfico rural que alcanzan su pico en el S. XIX hicieron retroceder las superficies arboladas a su mínimo histórico, ciertamente por debajo de su abundancia natural. Tal deterioro ambiental, al que se sumó la conversión de pastos en cultivos, sin duda influyó en los primeros movimientos culturales para recuperar la naturaleza29.
La aparición de los combustibles fósiles y la comodificación de la energía condujeron a prescindir de la madera como fuente energética. Para calentarse o cocinar, las sociedades en el norte global ya no dependían de los recursos locales de biomasa. Los mismos combustibles fósiles usados para maquinaria, los fertilizantes minerales con cuya energía se producen, y la comodificación de los piensos para el ganado, que se producen en un lado del mundo para ser consumidos en el opuesto, hicieron abandonar masivamente la ganadería extensiva y sustituirla por la industrial30.
Las políticas de desarrollo económico buscaron activamente vaciar el mundo rural y promover el éxodo a las ciudades para alimentar los sectores industriales y de servicios que necesitaban de ingente mano de obra; un proceso que ahora se traslada a las ciudades medianas31. La cultura urbana resultante se desconectó de las realidades de la cultura campesina y provocó la llamada “paradoja de la extinción”32: la implantación durante años de políticas de supresión sistemática de todos los incendios (incluidos los que estaban dentro de regímenes sostenibles) ha contribuido a la acumulación artificial de biomasa vegetal, al desajustar los regímenes históricos de perturbaciones y, en último término, precipitar la llegada de incendios insostenibles. El abandono rural y la consecuente acumulación de biomasa crearon la escalada de las tres primeras generaciones de incendios, es decir, el cambio en el comportamiento de los incendios33.
El urbanismo disperso ha amplificado la superficie de contacto entre las zonas habitadas y forestales, aumentando el riesgo humano y material derivado de los incendios y acarreando un problema de Protección Civil. Finalmente, el cambio climático favorece incendios tan intensos que exceden la capacidad de extinción de cualquier equipo por muchos medios que tengan. Todo ello ha facilitado la continuación de la escalada hacia incendios de 4ª, 5ª y 6ª generación34 nada naturales, de altas temperaturas que penetran muy profundamente en el suelo y con inmensas áreas afectadas35.
Desde esta perspectiva, el objetivo no debe de ser eliminar los incendios por completo, sino recuperar regímenes de perturbaciones sostenibles, es decir, aquéllos que continúan con las condiciones que han dado forma a los ecosistemas en los últimos millones de años. El objetivo debe ser recuperar paisajes en mosaico (tanto naturales como seminaturales), combinando espacios abiertos, arbustivos y arbolados, reduciendo la intensidad de los posibles incendios y favoreciendo la biodiversidad. Para ello hay que tener en cuenta las siguientes consideraciones:
Figura 4: Quema prescrita dentro del programa “Fire Forward” (Healdsburg, CA, 2022). Fuente: Kathleen Uyttewaal.
Este paradigma no se debe instrumentalizar para uso masivo e industrial de la biomasa en proyectos extractivistas que utilizan los incendios como excusa. Las narrativas tóxicas que culpan a los ecologistas de “no permitir que se limpie el monte” no tienen sentido. No sólo es muy optimista asumir que la presión ecologista tiene tal influencia; también, el origen y continuación de esta situación reside claramente en la globalización que comenzó hace siglos y que ha progresado con la industrialización, que ha alcanzado al sistema alimentario de lleno con la pérdida de paisajes seminaturales, con alto valor ecológico y grandes servicios ambientales. Podemos revertir el problema cambiando el rumbo hacia sistemas de producción agroecológicos36 que recuperen el valor de todo lo que nuestros antepasados hacían bien. Todas estas cuestiones se tratan con mucho mayor detalle en el documento de debate “Por un ecologismo del fuego”37.
